Los médicos del alma: El proyecto Grégoire
Sofía Kuhlmann
Grégoire Ahongbonon, de 73 años, se presenta como un hombre sencillo: usa chaleco de bolsillos, sandalias de goma con calcetines y vaqueros desgastados. En las manos lleva una cadena de acero acabada en grillete que, al golpear el suelo, produce un ruido metálico y atronador.
La forma en la que la mira da a entender que ese sonido lo lleva al día que la escuchó caer por primera vez, al momento en el que finalmente se la quitó del cuello a aquel hombre, liberándolo de la madera a la que llevaba años atado.
Quizás fue eso por lo que comenzaron a llamarlo “el loco que desencadena enfermos”. Un loco que, únicamente con su mirada, ha salvado la vida de más de 100.000 personas.
Origen del proyecto
La empatía más verdadera surge solo cuando hay heridas compartidas. Quizás es por eso que Grégoire no acoge, sino que conoce hasta el alma más lastimada.
Nacido en Benín y emigrante a Costa de Marfil, Grégoire vivía como un mecánico de neumáticos hasta que una serie de situaciones personales y económicas lo llevaron a una ruina personal, manifestada en una depresión casi suicida. Pasó de ser hombre a ser un loco. Y de un loco, a un olvidado. Un olvidado, hasta para los olvidados.
Así se dio cuenta de lo que supone ser un enfermo mental en África: estigmas, miedo, exclusión; aislamiento absoluto; cadenas atando cuerpos a troncos, almas clavadas a la tierra. Comparte Grégoire: «En África los hospitales también encadenan a pacientes dentro de habitaciones cerradas. Esa es otra forma de prisión». Las falsas creencias de posesiones espirituales, de maldiciones y demonios, tienen como resultado la muerte en vida de hombres y mujeres sedientos de amor.
Cuando Grégoire volvió de Tierra Santa, convertido y devuelto a la vida, no pudo ignorar lo que había descubierto. Comenzó a acompañar a aquellos hombres, a sentarse junto a ellos en los árboles o en las camas de hospital donde los tenían abandonados. En 1991, fundó la Asociación Saint Camille de Lellis en Costa de Marfil, que posteriormente se expandiría a Benín y Togo, con 18 centros de atención de 200 personas cada uno, junto con 21 centros comunitarios que reparten medicamentos y realizan labores de concienciación y reintegración.
Se ha atendido a más de 100.000 personas; enfermos mentales, adictos, incluso población de bajos recursos que no tiene acceso a la atención médica necesaria. Pero África cuenta con más de 1.400 millones de habitantes, de los cuales, según la OMS, 116 millones padecen algún trastorno mental (aproximadamente ocho de cada cien personas). En países como Chad, con 21 millones de habitantes, no existe ni un solo psiquiatra. Los enfermos mentales deben conformarse con un ala de apenas 15 camas en un hospital religioso, condenados a un silencio lleno de miedo y rechazo que les impide trabajar, convivir con otros y, sobre todo, tratarse. Por suerte, Grégoire nunca estuvo dispuesto a aceptar esta realidad.
¿Cómo funcionan sus centros?
Mientras habla, los ojos de Grégoire se iluminan. Ojos que hablan de una mirada verdaderamente humana, tan poderosa que devuelve vidas en cuestión de un segundo. Fue esa mirada la que sentó la base de su proyecto.
“En África los hospitales también encadenan pacientes dentro de habitaciones cerradas.
Esa es otra forma de prisión.”
El primer paso tras recoger o liberar a un enfermo —antes de medicarlo o de evaluarlo— es llevarlo al centro, vestirlo y alimentarlo. Porque son personas que llevan años siendo evadidas y nadie las ha mirado, como si hubieran dejado de existir. Se han perdido en el paisaje. Han desaparecido aun estando vivos.
La asociación Saint Camille de Lellis los encuentra y les devuelve lo único que es intrínseco a la condición humana: su dignidad. Con ropa limpia, comida, una caricia o una sonrisa, los olvidados vuelven a ser personas. Después, comienza la atención médica o psicológica.
Al poco de abrir el centro, el proyecto se encontró con un problema: no había suficiente presupuesto para mantener el centro, a los pacientes y a los trabajadores. Grégoire tuvo que reunir a todos los enfermos cuando los dejó la última empleada, y admitir lo que veía como una derrota.
Sin embargo, al mirarlos, Grégoire se hizo una pregunta: ¿por qué buscar científicos que trataran a los enfermos como casos de estudio, cuando tenía frente a él a cientos de expertos? No hay nadie más conocedor de una realidad que quien la ha vivido en su propia piel; y ahí estaban un puñado de hombres nuevos, rehabilitados, con un único defecto: se sentían inútiles.
Así, los enfermos se convirtieron en enfermeros. Su paso por las mismas afecciones que ahora trataban les brindaba una capacidad imposible de empatía, de comprensión. Un grado de entendimiento que no se puede alcanzar por más libros que se lean, si algo no se ha vivido.
Y quizás esa es la clave del éxito del proyecto de Grégoire: de las 100 personas que viven en uno de sus centros, solo dos —una psicóloga y un enfermero— no han sido pacientes antes. Los demás son expacientes que han recibido formación de médicos italianos, franceses, canadienses… y que ahora ocupan su lugar.
Grégoire comenzó a darse cuenta de la pieza fundamental que es el trabajo para la cura de un enfermo, algo aún desconocido también para Occidente. El estigma de que un enfermo mental es incapaz de trabajar, aun estando en tratamiento, es algo común a todos los países. El miedo y los prejuicios hacen que no se espere nada de ellos, y, por lo tanto, su vida carece de sentido. Como Grégoire defiende: «La mejor forma de matar a un hombre vivo es pagarle para que no haga nada. A un diabético no se le impide trabajar. Tampoco a un hipertenso. ¿Por qué entonces a un enfermo mental sí?»
«La mejor forma de matar a un hombre vivo es pagarle para que no haga nada. A un diabético no se le impide trabajar. Tampoco a un hipertenso. ¿Por qué entonces a un enfermo mental sí?”
Grégoire considera que la clave de la recuperación de sus pacientes es que, al llegar al centro, quien los atiende es un enfermo recuperado. Porque ver sus mismos ojos reflejados en los de aquel que ahora es encargado de cuidarle, le devuelve la esperanza de que aún puede aportar, de que su vida puede volver a tener sentido.
¿Y cuando ya han recibido tratamiento?
Ya con un modelo de curación circular, Grégoire se centró en el último de los pasos para el proceso de sanación de un enfermo: la reconciliación y reintegración. Para ello, comenzó a impulsar campañas de concienciación. Una vez a la semana, los enfermeros y expertos van a los poblados cercanos para explicar a las familias qué es lo que verdaderamente les sucede a los pacientes. De la misma manera, se trabaja en intentar hacer entender a los pacientes que sus familias —aquellas que los han excluido, atado, juzgado— lo hacían por miedo, por desconocimiento. Es un proceso complicado, pero, en la mayoría de los casos, culmina con una fiesta cuando el enfermo puede volver a casa.
Poco hincapié hace Grégoire en los medicamentos o tratamientos científicos para curar a los pacientes, pues, aunque útiles, para él el amor y la confianza son el pilar. Grégoire asegura: «No puedes curar a quien no amas». El acompañamiento y la mirada que transforma son lo que cura el alma, lo que trae al enfermo de nuevo a la salud, al olvidado de vuelta a la vida.
“No puedes curar a quien no amas.”
Finalmente, Grégoire hace un llamamiento y pide ayuda. Necesitan todo el apoyo que sea posible, tanto económico como oración y presencia voluntaria. Para los hombres y mujeres que hay en sus centros, el hecho de que alguien vaya a verlos, a acompañarlos, que sean el motivo para alguien… es algo que les cambia por completo la vida. Gracias a la ONG Censal Benin, es posible colaborar de múltiples maneras. También existen libros y materiales solidarios cuyos beneficios se destinan a la obra de Grégoire.
Al despedirse, con esas sandalias desgastadas, ese chaleco pesquero, con su cadena en las manos (la cual guarda con cuidado, con respeto, consciente de lo que significa), Grégoire Ahongbonon deja una frase última, con su sonrisa y sus ojos llenos de luz: “Hay que romper las cadenas de la ignorancia, el miedo y el rechazo. Mientras exista una sola persona encadenada, la humanidad misma sigue encadenada”.
