“No podemos cambiar el mundo entero, pero sí el mundo de quien pasa por aquí”.
Norma Romero
Historia de Las Patronas
El proyecto Las Patronas comenzó en 1995 en la comunidad de Guadalupe La Patrona, Veracruz (México).
Fue iniciado por Leonila Vázquez Herrera junto con sus hijas Norma Romero Vázquez y Rosa Romero, al ver pasar diariamente a migrantes centroamericanos sobre el tren de carga conocido como “La Bestia” (que pasa por su pueblo) y notar que viajaban en situación de extrema pobreza sin comida ni agua. Mujeres sencillas y humildes como el resto de los pobladores de Guadalupe, conocedoras de primera mano de lo que significan la pobreza y el hambre:
“Si mis hijos estuvieran allá arriba del tren, yo querría que alguien les diera de comer.”
Leonila Vázquez
Decidieron compartir de lo poco que tenían ese día para sí mismas y sus familias y preparar alimentos y lanzarlos a los migrantes al paso del tren como gesto humanitario. Cariño y solidaridad ofrecido gratuitamente a personas a quienes verían pasar sobre el techo de los vagones durante no más de 15 o 20 segundos y a quienes seguramente no volverían a ver nunca más. Cariño entregado gratuitamente, sin esperar nada a cambio. Lo hicieron ese día, y al siguiente, y al siguiente… y así han seguido durante más de 30 años. Todos los días, sin faltar ninguno.
Actualidad
Leonila fue reconocida nacional e internacionalmente por más de 30 años de labor humanitaria. Falleció en abril de 2025 a los 89 años. Reconocemos su corazón bondadoso en una de sus frases más conocidas:
“No damos lo que nos sobra, damos lo que somos.”
Leonila Vázquez
Su hija Norma ha seguido con esta misión iniciada junto con su madre. Ha sido la coordinadora histórica del colectivo y ha encabezado el proyecto durante más de 25 años. Recibió el Premio Nacional de Derechos Humanos del Gobierno de México (2013) y fue nominada al Premio Princesa de Asturias de la Concordia en el 2015.
Han formado un grupo de entre 15 y 18 mujeres, todas voluntarias del mismo pueblo de Guadalupe La Patrona; diariamente ofrecen entre 150 y 450 raciones de comida, dependiendo del paso de trenes. Preparan diariamente hasta 20 kg de frijol y 20 kg de arroz, además de tortillas, pan y agua
Han asistido a cientos de miles de migrantes durante más de 30 años.
Una expresión maravillosa del poder de la bondad activa.
Miles de migrantes al mes aún utilizan “La Bestia”, especialmente en rutas del centro y norte de México.
Ofrecemos hoy el testimonio de Margarita Garza, quien nos comparte su experiencia transformadora al haber conocido y convivido con este grupo de mujeres luminosas:
Las Patronas (Amatlán de la Cruz); la experiencia de Margarita Garza
Llegamos por la tarde a la población de Amatlán de los Reyes. Situada en un rincón común y desconocido del estado de Veracruz. En una sencilla casa encontramos a “doña Leo” ocupada en alimentar a dos pequeños cabritos. Habíamos anunciado nuestra visita así que ya nos esperaba y nos saludó efusivamente. Había otras mujeres en la finca, pero entre ellas sobresalía Norma, hija de doña Leo, a quien habíamos conocido en una charla sobre migraciones que se ofreció en nuestra Universidad. Nos hicieron sentir muy bienvenidos y nos invitaron al comedor a cenar. Había frijoles y tortillas recién hechas que nos volvieron a la vida después de diez horas de viaje. Mientras comíamos la conversación giró sobre el tren, sobre su trabajo de alimentar a los migrantes y también sobre cómo gestionan esta organización netamente femenina.
Se hizo tarde y cansados por el viaje nos fuimos a dormir. El trajín del día siguiente nos despertó. El fuego de la leña ya estaba encendido y en grandes ollas se cocían unos veinte kilos de frijoles y diez de arroz. Un gran perol con café y algo de pan dulce nos esperaba. Supimos que una vez que estuviera la comida lista había que dejarla enfriar para embolsarla, luego llevarla en carretillas hasta las vías. También había que tener listas las botellas de agua, amarrarlas de dos en dos para que los viajeros pudieran tomarlas al vuelo. Había mucha expectativa en el grupo. Me acompañaban diez alumnos de mis cursos de licenciatura, quienes querían vivir esta experiencia. Era patente su entusiasmo y solidaridad.
Esperábamos la llamada de teléfono de la estación de Tierra Blanca que nos daría el banderazo de salida. Supimos que el tren había salido con unos doscientos migrantes a bordo y en menos de una hora estaría por Amatlán. Era un número habitual en ese tiempo en que unas mil personas cruzaban a diario la frontera Sur del país para incursionar por México. Empujamos las carretillas y nos dispusimos a lo largo de la vía. Las “Patronas” nos mostraron cómo entregar la comida y las botellas de agua de la forma más segura. Esperamos una media hora.
No podíamos ver al tren pues una curva, justo antes de entrar al poblado, lo impedía; así que fue el sonido metálico, el silbato y el temblor de las vías lo que nos anunció su llegada. El ruido era tan fuerte que nos estremecía y hacía que la adrenalina nos subiera a tope. Cada uno en su puesto, esperaba el momento de verlo aparecer. De repente quedamos paralizados por el estruendo de la enorme máquina que pasaba frente a nuestros ojos sonando el silbato, arrastrando los vagones que llevaban en el techo a los viajeros. Era una imagen brutal. Las mercancías viajaban resguardadas dentro de los contenedores, pero las personas, en su mayoría jóvenes, viajaban a la intemperie expuestos a todo tipo de peligros. Cuando estuvimos frente al tren las mujeres de la Patrona y algunos alumnos empezaron a entregar la comida y las botellas con agua, arrojándolas a los migrantes. Otros, paralizados, con un nudo en la garganta soltamos el llanto.
Desde hace casi treinta años estas campesinas veracruzanas alimentan a los migrantes que viajan al lomo del tren en su camino hacia el norte. “Doña Leo” inició la labor cuando un día, de regreso del mercado, escuchó que los viajeros del tren le pedían algo de comer. Ella les entregó sus tortillas y lo que traía en su bolsa. Regresó a su casa y contó a sus hijas y sobrinas lo que había visto y escuchado. Su mirada transformadora logró convertir a estos “fantasmas” en seres visibles y humanos. Un milagro operado por una abuela campesina de gran corazón.
Gracias a su organización y a las constantes donaciones, en este poblado sucede a diario la multiplicación de los panes y los peces. Además, estas mujeres, con su sencilla y tenaz labor han logrado posicionar políticamente en México, la lucha por los derechos de los migrantes en tránsito. En vinculación con una red de casas y albergues solidarios han aliviado un poco la penosa situación de quienes atraviesan México en busca del “sueño americano”. Hoy el clima anti-inmigrante y xenófobo imperante en el mundo ha endurecido las condiciones de tránsito, pero las Patronas siguen ahí, entregando su mirada y humanizando el paso de los jóvenes que, movidos por un sueño o por angustiosa necesidad, viajan con la esperanza puesta en un futuro mejor.
