Mariú: abrazos que liberan el alma.
Sofía Kuhlmann
Hay voces que tienen la fuerza suficiente para hacerse oír.
Cuando se tiene una de ellas, y una causa por la que gritar, ni la edad, ni el miedo, ni ninguna circunstancia es capaz de acallarlas.
Este es el caso de Mariú, quien lleva más de cuatro décadas hablando por aquellas que no pueden alzar la voz y que hoy, a sus 86 años, ha decidido por fin definirse como “una buena persona”.
La historia de Mariu y sus comienzos como voluntaria en la cárcel
Una buena vida no es una fácil ni perfecta, sino aquella que gira en torno al amor, a pesar de la incertidumbre.
Y Mariú se ha sentido profundamente amada.
Española, de origen italiano, madre de seis hijos y deportista de élite, cualquiera diría que es una mujer común, con una vida tranquila, predecible, quizás incluso monótona, cuya actividad semanal se reduce a organizar comidas familiares donde sirve su suculenta lasaña y a acudir a misa en la parroquia de Guadalupe, en Madrid.
Y lo hace. Todo eso.
Pero quizá lo que pocos podrían adivinar es que, cada semana desde hace casi 40 años, llueva, nieve o se caiga el cielo, acude al Centro Penitenciario de Mujeres de Alcalá-Meco para regalar a aquellas mujeres presas algo que nadie les había dado antes: respeto, dignidad e importancia.
Y quizás, si esto ya resulta un poco insólito, dudo mucho que alguien pudiese llegar a pensar que esa mujer de pelo rubio blanquecino y grandes ojos azules, cada verano se lleva en su propio coche (y conduciendo ella) a un grupo de entre cinco y diez mujeres presas que, con permisos especiales por los que ella misma lucha todo el año, pasarán diez días en su casa, en Torrevieja, con el deseo de que recuerden que nada puede hacerlas perder su dignidad.
Incluso aquellos que la conocen se preguntan de dónde viene su energía y su fuerza de voluntad.
Ella lo tiene bastante claro.
Nace de una casualidad que, sin querer, llenó un espacio en ella que nada había podido cubrir.
Un para qué.
La primera vez que Mariú acudió a la prisión de Alcalá-Meco fue para sustituir a su hija, quien formaba parte de un grupo de voluntarios que cada domingo acudía al centro para pasar un tiempo con las mujeres presas y sus hijos. Por azares del destino, la hija de Mariú no podía seguir en el proyecto y le pidió a su madre que fuera en su lugar.
Quién le habría advertido que aquella sería la primera de miles de visitas.
Como es evidente, el primer encuentro fue a ciegas: con no demasiado interés, sin ningún conocimiento sobre las dinámicas de la cárcel o lo que debía hacer, y cargada de prejuicios. Con un miedo que nacía gracias a la narrativa de un mundo que parece entender solo de extremos, que divide entre “buenos” y “malos”, sin detenerse a pensar en las circunstancias detrás de aquellos a los que se condena.
“Si vas a entrar aquí, no tengas miedo, no somos malas”, fue lo primero que una de las 700 mujeres residentes de la prisión le dijo al entrar. Como si estuviese leyendo su mente, le hizo un llamamiento a destaparse los ojos de los filtros, a escuchar desde cero, a darse la oportunidad de entender sin juzgar (pero no para absolver).
Un llamamiento a entender que existen grises.
Un llamamiento a dejarse tocar el corazón.
Y así fue. Poco a poco, Mariú fue involucrándose más en la fundación con la que había iniciado, hasta ocupar en ella diversos cargos directivos. Pero nunca lo consideró un trabajo en el que debía cumplir un horario determinado para recibir algo a cambio. La cárcel llenó su vida, literalmente.
La llevó a pelear durante una semana en los juzgados para sacar a una mujer de prisión y a acogerla en su casa al darse cuenta de que no tenía adónde ir.
La llevó a acompañar hasta el lecho de muerte a una presa que estaba condenada por consumo, gravemente enferma de sida.
La llevó incluso a sacar a una niña de la cárcel, cuya madre no era capaz de protegerla, y buscarle un hogar por su cuenta, adoptando la completa responsabilidad. Hoy esa niña está casada, con dos hijos, y cada Navidad se toma un café con Mariu.
Con una sonrisa en la cara, recuerda aquella cena de Navidad en la que apareció en casa de su familia con una mujer presa que, teniendo permiso de salida ese día, no tenía con quién cenar.
La cárcel es aquello que, en el atardecer de su vida, le ha dado un sentido trascendental a su paso por el mundo.
El Proyecto del Pulpo Verde
Sin embargo, debido a una serie de circunstancias personales, hace cinco años Mariú tuvo que dejar la fundación con la que trabajaba en prisión. Lejos de ser un deseo de alejarse de esa realidad, provino más bien de un cambio de intereses: sentía que hacía mucho por ellas (conseguían permisos de salida, ofrecían pisos, construyeron un vivero, daban educación y herramientas prácticas), pero realmente era poco lo que hacían con ellas.
Y de esa idea surgió un nuevo camino: el Proyecto del Pulpo Verde.
Mariú contactó con un buen amigo suyo y retomó sus visitas a la cárcel usando una fundación de teatro como salvoconducto, pero al poco tiempo consiguieron establecer su propia iniciativa. De ella hoy ya forman parte 50 mujeres y 12 voluntarios, y es una de las actividades más solicitadas de la prisión.
Los voluntarios que las visitan cada viernes no llevan consigo nada material, pues no es posible introducir objetos externos. En cambio, lo que llevan es presencia, escucha, respeto y la intención de darles un sentido de importancia a las mujeres, a través de dinámicas sobre temas como la bondad, la resiliencia, la compasión, entre otros muchos. Buscan que entiendan que el bien también es posible de encontrar en su situación.
Es inconcebible para quien nunca lo ha visto que, aun presas, dichas mujeres puedan llegar a ser interiormente más libres que muchos otros que gozan de su pleno albedrío. Es una dinámica de crecimiento bilateral en la que tanto las internas como los monitores se involucran emocionalmente, comparten, dan y reciben, creando un lazo de confianza profunda.
A veces, en las prisiones, algunos de los funcionarios tratan de forma humillante a los internos, sometiéndolos al miedo y a la constante amenaza, instaurando sanciones desproporcionadas y omitiendo el diálogo por completo. Dejan de ser personas para ser presos, lo que anula toda su dignidad y valor humano.
Aunque no sucede en todos lados, hay mujeres que si han llegado a sufrir esto, ya sea debido a algunos trabajadores o a otras internas, fruto de la hostilidad del ambiente y a las dinámicas de poder y sometimiento.
El Proyecto del Pulpo Verde busca todo lo contrario: sin eximir a las mujeres de su responsabilidad, ofrece un espacio donde son escuchadas, importantes y, sobre todo, abrazadas, pues Mariú asegura que: “Hay mujeres que prefieren mil veces un abrazo que un permiso de salida”. De la misma manera, ellas aplican poco a poco aquello que van descubriendo en el taller del Pulpo Verde a su día a día, impulsando un cambio en la prisión que no deja ajeno a nadie.
«Hay mujeres que prefieren mil veces un abrazo que un permiso de salida».
Enseñanza de Mariu
Lejos de ver su misión como un sacrificio, Mariú siente que ha sido una entrega de amor, pero no de amor dado, sino recibido. Reflexionando sobre su vida, se alegra de haber reído, de haber llorado, pero sobre todo de haber amado intensamente. De haber abrazado fuerte, porque, en sus palabras, “un abrazo puede llenar el corazón una semana entera”. Y cuando empieza a vaciarse el corazón de las mujeres, ya está Mariú ahí para llenarlo de nuevo.
“Un abrazo puede llenar el corazón una semana entera”.
Pide que no tengamos miedo de acercarnos a lo extraño, porque es ahí, donde nadie mira, donde se encuentra la verdad. La prisión no es aquello que le ha dado sentido a su vida, sino las mujeres que hay en ella, y su único miedo residual ante la cárcel es el de tener que dejarla un día.
Porque ha pasado sus mañanas gritando por ellas en juicios, con personas que no hacen el esfuerzo de escucharlas.
Sus viernes abrazándolas para llenar el vacío de cientos que las miran sin amor.
Sus veranos abriendo su casa de la playa para que, por unos días, contemplen y recuerden lo bonito que es vivir y lo que merece la pena el camino.
Y su vida, trabajando para hacer un mundo mejor.
No cabe duda de que, cuando Mariú acepta entre risas describirse como “una buena persona”, no nace del ego o de la vanidad, sino de la profunda creencia de que el mundo no se divide entre buenos y malos, sino en personas que tienen la libertad y el poder para hacer el bien, vivan la situación que vivan.
