Albergue «Posada Guadalupe»: Un lugar para descansar del miedo

Isabel de la Fuente

El asesinato de su padre y la amenaza de muerte de su hermano fueron razón suficiente para convencer a Carlos de huir de Honduras. Él no quería ser parte de la pandilla, así que, con 16 años, salió hacia el oasis de los latinoamericanos. Cruzó México desde Chiapas en el famoso tren de la Bestia, rodeado de personas como él, sedientos y con los estómagos vacíos, pero hambrientos de una vida mejor y llenos de esperanza. Llegó a Celaya, donde buscaba unirse a una caravana de migrantes, pero no tenía dinero. No tuvo otra opción que pedir limosna y prostituirse pese a su corta edad.

Ya con la caravana, el árido e inhóspito desierto de Chihuahua fue su condena: se quedó atrás. A la deriva, atascado en un alambre de púas, pasó los días en soledad, únicamente acompañado por la mordedura de una víbora, esperando el fin. Afortunadamente, otra caravana lo encontró y lo recogió, permitiéndole por fin descansar y recuperar la salud. Cerca de El Paso, Texas, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) los capturó, y Carlos, al ser menor de edad, fue trasladado (a residió en) a un centro de detención durante un año y medio.

“Y, cuando cumplí 18 años, el despacho de abogados me envió al albergue para seguir con mi proceso de migración”.

Hermann escuchaba con detenimiento junto a su familia. El albergue había organizado una posada para celebrar la Navidad, y se habían encontrado con Carlos. “Así son todas las historias, Hermann”, dijo el Padre Phil Ley, director de la Posada Guadalupe. “Él es de los pocos que ha podido hablar de la suya”.

Contexto

En 2025, Estados Unidos expulsó o registró la salida voluntaria de más de 2,5 millones de inmigrantes indocumentados, con alrededor de 600.000 deportaciones formales coordinadas por el ICE y cerca de 1,9 millones de autodeportaciones impulsadas por el DHS. Esta política de deportación masiva ha intensificado operativos fronterizos y redadas interiores. Recientemente, los casos de muertes y detenciones de algunas personas, ha generado controversia entre la sociedad de los EEUU y la comunidad internacional. Hace pocos días salió a la luz la detención de Liam Conejo, un niño de 5 años, frente a su casa de Columbia Heights, un suburbio al norte de Mineápolis, Minnesota. Agentes del ICE lo interceptaron sacándolo de un auto en marcha y según autoridades escolares, lo usaron como «cebo» para llamar a la puerta y verificar si había más personas dentro, negándose a dejarlo con un adulto presente en la vivienda. Actualmente, Liam y su padre están retenidos en un centro de detención familiar en Texas, pese a que la familia tiene un caso de asilo activo sin orden de deportación formal. Para personas como éstas, o como Carlos, parece que la lucha por la supervivencia no acaba nunca.

Hermann nació en México en el seno de una familia acomodada y tuvo la oportunidad de realizar sus estudios profesionales en una prestigiosa universidad en la Costa Oeste de los Estados Unidos. Al terminar sus estudios permaneció en el país y ha trabajado durante muchos años en el sector financiero estadounidense. Allí ha formado a su familia, junto a una pareja de la cual se siente orgulloso y actualmente ya es abuelo. Se considera un hombre afortunado, exitoso, -tanto a nivel personal y familiar como también profesional-. Si embargo, a pesar de su éxito, vivió durante mucho tiempo con la sensación de que algo le hacía fata para sentirse más pleno.

Para llenar este hueco, hace años comenzó a asistir a retiros de la iglesia de la comunidad y a estudiar teología y espiritualidad, sin embargo seguía faltándole algo que   no conseguía nombrar. Un día, hace ya años, un sacerdote (Phil Ley) y un compañero lo invitaron a apoyar un albergue de migrantes como asesor financiero. Él, un mexicano viviendo en Estados Unidos, veía un poco de sí mismo en los huéspedes del albergue, pero se consideraba “un migrante con privilegios”, entendiendo que la diferencia de las situaciones dependía sólo de sus condiciones de nacimiento. Él mismo vivió el proceso migratorio y conoce las dificultades y oportunidades que se viven en estos procesos, por lo que la empatía le ayudó a contactar con el deseo de ayudar. Así, Herman comenzó a trabajar en la contabilidad de la “Posada Guadalupe”; ayudando en las finanzas con el fin último de compartir algo de la vida de los migrantes y entrar en la dinámica de incertidumbre, dolor y esperanza que ellos viven cotidianamente. Sin saberlo, puso en marcha el poder de la acción bondadosa.

De esta manera fue entendiendo que la mayoría de los migrantes tienen los mismos sueños inicialmente: buscan apoyar a sus familias y tener una mejor vida. La Posada Guadalupe busca darles las bases que necesitan para cumplir sus sueños; les ofrece un lugar donde dormir, comer, asearse, y la tarea central es brindarles de lo que ningún ser humano debe carecer: dignidad y cariño. En segunda instancia, se les ayuda con la integración a los Estados Unidos.

Al igual que Carlos, una vez que los inmigrantes son mayores de edad, se trasladan de centros de menores a este segundo tipo de casas, dónde les ayudan en el proceso legal. También les apoyan con sus estudios; cursar la preparatoria y aprender inglés, e incluso se les tramitan permisos laborales temporales para poder apoyar a sus familias.

 Hoy en día

En estos tiempos recientes, se ha dado en EE.UU. un éxodo masivo de migrantes; por ello, la Posada Guadalupe ha ayudado a recaudar grandes cantidades de fondos económicos para comprar pasajes de avión o de autobús para que los migrantes puedan ir con familiares o conocidos, pues los albergues no dan abasto. Hoy la vida es cada vez más peligrosa para los inmigrantes. Las donaciones bajan, y voluntarios y huéspedes deambulan con un velo de incertidumbre sobre su destino.

Por esta razón, aHerman dice; “hay que estar conscientes y no ser indiferentes a lo que viven nuestros hermanos, en cada migrante hay una historia humana única”.

“En cada migrante hay una historia humana única.”

Hermann, desde la tarea de llevar la contabilidad del albergue, tiene la posibilidad del encuentro de conocer las historias de los migrantes, compartir su dolor y su impotencia, sentir la incertidumbre como si fuese suya y a la vez sentir también su esperanza. Conocer a los huéspedes y sus historias, le conecta con la vida y le da un gran sentido a lo que hace. Ver cómo algunos se gradúan, aprenden inglés y comienzan a trabajar, lo llenan de humildad y sacia, por fin, ese vacío que llevaba años sin saber cómo llenar. “El sentido de una vida plena es el servicio”.

“El sentido de una vida plena es el servicio”.

Vivir desde la bondad que, en su caso se hace patente a través del servicio, nos saca de nuestra zona de confort, nos confronta, pero gracias a ello nos cambia y nos expande la mirada hacia otros horizontes. Nos enseña a valorar la vida y la sencillez de las cosas, a vivir en el presente y a no caer nunca en la indiferencia. La paz que da servir a los demás, sobre todo a los más necesitados, es imposible encontrarla de otra forma.