Jorge Ocaranza: El ingeniero de sueños

Sofía Kuhlmann 

 

Año 2000.

Una pequeña región en el estado de Guerrero, conocida por su paisaje compuesto por arrecifes de coral, mercados locales artesanales y hoteles de lujo frente a la costa azul del pacífico… y, también, mirando hacia el interior, por las miles de casuchas autoconstruidas a retazos en las que viven la mayoría de sus habitantes; techos de metal sujetos a vigas y paredes de madera, alzadas sobre el terreno irregular del Cerro del Almacén.

Este lugar, conocido bajo el nombre de Zihuatanejo, concentra uno de los mayores flujos turísticos de la zona, superando el millón de visitantes anuales. Y también, una pobreza del 45,8% de la población.

Ixtapa, la zona hotelera de la región, cuenta con numerosos resorts elevados sobre la playa, que apenas dan a basto para el impresionante número de turistas que acuden al lugar. Entre todos ellos, destaca Pacífica Ixtapa Resort: un conjunto que se eleva integrado en el cerro del extremo norte de la playa de El Palmar; cuatro estrellas, más de 150 villas de alquiler, ocho restaurantes de lujo, nueve piscinas, un campo de golf, incluso un teleférico propio para transportarse… un sueño que no parece terminar de completarse

Y detrás de ese sueño se encuentra su director, Jorge Ocaranza, quien aquel día, hace 25 años, se dirige tranquilo hacia el mercado del pueblo, sin saber que lo que verá esa mañana le cambiará por completo la vida.

Un paseo del que vuelve con una nueva idea. O, más bien, con aquello que completa ese sueño incesante, aquella incógnita que durante tanto tiempo ha impedido poner fin al desarrollo del hotel. Un sentido, un propósito más allá de servir y atender a los huéspedes, que hoy, ya es una realidad.

Lo que surge aquel día como un deseo –de dar a esos niños que recogían la basura en el mercado, la oportunidad de ser más– se ha convertido en una casa de sueños. Una casa para aprender, una casa para poder aspirar a algo más que al conformismo.

Una casita para niños.

La historia de Jorge

Nacido en México, en el seno de una familia de médicos, Jorge Ocaranza afirma haber aprendido lo que era el servicio incluso antes de empezar a andar. Sus padres, profesionales reconocidos su madre fue una de las primeras mujeres graduadas en medicina del país, vivían bajo la vocación constante del cuidado, tanto en el ámbito profesional como en el personal.

Así, educaron a sus hijos en un contacto permanente con la realidad más precaria del país. Lejos de la abundancia y la opulencia de la ciudad, un domingo al mes, sin falta, viajaban hasta los dispensarios de extrema pobreza a las afueras, dónde pasaban el día ayudando a a construir casas, a medir y pesar medicinas, y a ayudar a repartir alimentos.

En su día a día, mientras tanto, cuenta como la vida seguía poniéndole delante constantes llamadas de atención, que no le permitían alejar la mirada de la realidad ajena: una invitación a la casa de un amiguito del colegio, que resultó ser un humilde jacal; compañeros que estudiaban el doble al tener que traducir todo el material del inglés al español, y otros que ni siquiera podían estudiar por no poder pagar el transporte…

Mirando hacia atrás, parece que la vida le iba puliendo el camino.

Su educación, el ejemplo de sus padres y su propia inquietud impidieron que cerrase los ojos ante esa realidad. Scout y misionero, colaboró con proyectos como los Campamentos Infantiles, dónde, junto a sus amigos, ofrecían a niños de escasos recursos una semana de ocio saludable en la que, con un poco de suerte, descubrieran que estaban hechos para algo más grande que las posibilidades que su realidad a veces parece ofrecerles.

Quizás es de esa conciencia temprana de la importancia de aprender –y, sobre todo, de soñar– nacería años después la idea de Casa para Niños.

Pero antes llegó Pacífica. A pesar de querer estudiar medicina, Jorge acabó en el sector hotelero por azares del destino. Pero lejos de perder las ganas de servir, dotó de a su trabajo de un sentido trascendental: “Mi vocación era atender, cuidar, sanar… el destino me llevó a la hotelería y esa vocación de servicio se me dio muy bien porque mi propósito era sanar tanto a colaboradores como a clientes«.

«Mi vocación era atender, cuidar, sanar… el destino me llevó a la hotelería y esa vocación de servicio se me dio muy bien porque mi propósito era sanar tanto a colaboradores como a clientes»

Describe Pacífica como un lugar al que las familias llegan a sanar, y su posición directiva como el encargo de gestionar los talentos de los miles de personas. Para Jorge, la vida tiene tres objetivos finales; crecer, sanar y trascender. Tener un por qué –o un para qué– no es un lujo, sino una necesidad, sin él, somos barcos a la deriva que se esfuerzan por navegar sin sentido. «La pregunta para muchos es: ¿cuál es el propósito de tu vida? Sin él, solo le das para adelante sin saber a dónde vas«.

Hay que soñar –muy alto–. Hay que dar todo lo posible. Y sobre todo, hay que ser buenos.

Son las ideas que más se repiten en nuestra conversación. La bondad debe ser un estilo de vida y, si por alguna razón acabamos en una posición de liderazgo, no debemos aprovecharnos de esa admiración ajena. Debemos inspirar, corregir y dar ejemplo.

Jorge asegura que muchos empresarios le han fallado al país al cerrar los ojos frente a la desigualdad; la realidad de que el esfuerzo de uno debe ser el doble que el del otro por puro azar de nacimiento. Al creer que merecen más que otro, se genera esa «distracción» propia del ascenso económico, que facilita el ensimismamiento y la pérdida de perspectiva. Jorge repite; nada de lo que acumulamos es realmente nuestro; es «prestado». El éxito no es un trofeo, es un encargo para gestionar talentos y dones en favor de los demás.

Por eso, visitar las casas con piso de tierra y refrigeradores vacíos de aquel cerro zanca, es su brújula moral, el lugar al que vuelve cuando necesita “reacomodarse”.

Ver a Jorge Ocaranza pasear por el Resort es un contraste curioso. Como director, se asegura de que las cosas funcionen bien; como líder, de que las personas estén bien. Y lo hace con todos, independientemente de su cargo, nivel o sueldo. Ahí es donde entiendo su eterna pregunta; “¿en qué puedo ayudarte?”. Pregunta insaciablemente si son felices, (ganándose algunas miradas desorbitadas). Memoriza los nombres, necesidades y las historias de los mil trabajadores que colaboran en su proyecto. Vive convencido de que el bien es adictivo, y, sobre todo, que nos vamos de esta vida sin nada más que aquellos a quienes alguna vez dimos amor. «La vida me ha encargado cierta cosa y yo soy el encargado de liderar… El día menos pensado nos morimos y no nos llevamos nada al otro lado«.

«La vida me ha encargado cierta cosa y yo soy el encargado de liderar… El día menos pensado nos morimos y no nos llevamos nada al otro lado».

Pero ayudar no es imponer, y mucho menos, caer en el asistencialismo; la ayuda más verdadera viene en forma de herramientas «la manera de ayudar en serio no es dando el pescado, sino enseñando a pescar a través de becas y libros”.

Herramientas, formación, enseñanza. Eso es lo que es la Casita para Niños.

El Proyecto

Casita, o Casa para Niños, no es un comedor ni un colegio cualquiera. Es un espacio seguro que ofrece clases de inglés, computación, arte… pero sobre todo, valores y sueños. A él acuden niños residentes de la región que tienen ganas de ser más; más que un destino incierto o una vida frágil, con la única obligación de esforzarse al máximo.

Desde su apertura, los contrastes con el hotel fueron evidentes. Mientras los nueve restaurantes del Resort se llenaban cada noche, muchos niños ni siquiera querían comer para “no acostumbrarse” a algo que luego pudiese faltar, o porque pensaban en sus hermanos que no podían estar ahí. Además, Casita implicaba costes, pues para que un alumno pueda estudiar, es necesario que haya dinero, pero no podían cobrar a las familias de los alumnos, que apenas tenían qué comer. Sin embargo, a pocos metros de casita, había miles de socios dispuestos a pagar una suma muy cuantiosa para alquilar una habitación.

Jorge tejió la conexión rápidamente, con el optimismo y la fe en las personas que le caracteriza. Y así, en las mañanas calurosas, frente a la costa del pacífico, mientras enseña a las familias de socios el abanico de habitaciones, paquetes e instalaciones que pueden contratar, introduce, sin miedo, una oferta altruista difícil de rechazar. Al terminar, las familias salen del Resort con su habitación, pero también con un ahijado/a apadrinado, al que acompañarán de cerca en su camino educativo, porque, sorprendentemente, entre un socio y un niño, por obra de Dios o del destino, siempre surge una vulnerabilidad compartida, una historia reflejada, un nombre en común. «Ví como se puso pálido y me dijo: ‘Voy a ser el padrino de este niño, Jorge’. El niño tenía diabetes como él y había nacido el mismo día que él… momento sagrado

«Ví como se puso pálido y me dijo: ‘Voy a ser el padrino de este niño, Jorge’. El niño tenía diabetes como él y había nacido el mismo día que él… momento sagrado.»

Hoy, Casa para Niños cuenta con más de 140 alumnos, y una lista de egresados médicos, ingenieros, abogados e incluso paleontóloga. Niños que parecían no atreverse a soñar hoy, han llegado más alto de lo que cualquiera habría imaginado. «Muchos me decían que recogerían basura en el mercado o que serían lo mismo que sus padres… Esto de soñar es uno de los temas fundamentales de la casa y yo pienso, de la vida. Hay que soñar y soñar alto”.

¿La pieza fundamental de su éxito? El amor. Jorge lo describe como el nutriente más importante, por encima de la comida o la formación. Cuando uno se siente reconocido, valorado y aceptado, esa red de seguridad da la confianza necesaria para atreverse a volar. En los niños, se refleja en nuevos sueños. En el Resort, en sentido, trascendencia y un clima de crecimiento constante, que también mejora la productividad.

¿El secreto? Que ningún trabajador es demasiado desconocido para un abrazo, una sonrisa, una broma, o una pregunta inesperada por parte de su jefe una mañana cualquiera:

¿Hoy eres feliz?”.

Casita seguirá creciendo, también lo hará el resort.  Y de la mano, los ojos de los que estaban ciegos, seguirán abriéndose, y los niños, podrán seguir soñando.

Conclusión

Bajo las bromas de su familia y amigos de ser incansablemente intenso, Jorge Ocaranza no deja de mirar a cada persona como si estuviese sediento de asegurarse de que todos han descubierto que pueden volar. Que no venimos al mundo a acumular números ni a existir de forma pasiva, que venir solo a generar es perder el tiempo, porque nada es permanente. «¿En qué te llama la vida que ayudes? No creo que hayas venido a esta tierra solo a vegetar o a generar«.

Llama, una y otra vez, a no subestimar lo que podemos dar; que lo que para nosotros es normal, para otro, puede ser un salvavidas. Que cada proceso o trabajo, por pequeño que sea, es una pieza clave de un engranaje infinito, y que, si nos abandonamos a la vida, sin miedo, todos podemos llegar a hacer cosas grandes. Pero también insiste que el cambio inicia en uno mismo; «Cambia tú, crece tú, sana tú… y vas a arrastrar con tu caminar a los demás«.

«Cambia tú, crece tú, sana tú… y vas a arrastrar con tu caminar a los demás.»

Eso es lo que nos permite ser vida para otros; vivir en el ejemplo de que la bondad no es el logro de una sola persona, sino de cientos que se suman, y que vivir en ella es una decisión de la que sólo nosotros somos responsables.

«Tú eres el decisor último de tu vida: puedes centrarte en el dinero, en la queja o en hacer el bien. Con mis padres, mi educación y mis talentos, ¿me voy a quedar sin hacer nada, acumulando euros y lamentando que no tengo un coche mejor? La neta, no«.